martes, 3 de septiembre de 2013

Manos de madre



El otro día mi hija me señaló las manos ¿Qué es eso? me preguntó señalándome las venas de las muñecas ¿Por qué yo no tengo? Recordé el momento en que le hice la misma pregunta a mi madre, sólo que era el dorso de sus manos y no las muñecas, las que estaban surcadas de venas. Porque tú eres nueva y yo no, me contestó riendo. Y lo mismo le  contesté a mi hija.
Mi madre tenía manos trabajadoras, macizas, anchas, de uñas cuadradas. Siempre trajinando con algo, cocinando, cosiendo, ocupadas en una labor de punto, activas como ella. Manos de madre, que aliviaban la fiebre, las pesadillas y los dolores de barriga… Durante casi tres días memoricé las líneas de sus palmas intentado leer con la habilidad de una pésima quiromántica, en que minuto exacto me abandonaría. Las acaricié, me aferré a ellas, finalmente las sostuve entre las mías y la dejé marchar…

De bebés mis hijos no paraban de observarse las manos. Descubrían la vida nueva y recién estrenada a través de sus manitas gorditas y fuertes. Se ensimismaban jugando con ellas, abriéndolas y cerrándolas, palmoteando, observándolas desde todos los ángulos posibles, el dorso, la palma, los deditos… Manos que cubro con mil besos, que se agarran a las mías, que han tirado de mis cabellos y estrellado mis gafas contra el suelo. Manos hermosas, perfectas, de pétalo de rosa.
Crecemos observando como se transforman nuestras manos. Siempre visibles, avisándonos del paso del tiempo.
Mi padre se miraba las suyas. Levantaba lentamente la mano izquierda, hinchada y deformada y observaba el dorso, la palma, la abría y la cerraba con dificultad, se fijaba en la cintura de su dedo anular, allá donde estaba su alianza. No sentía regocijo, como los bebés recién hechos. Sólo sentía lástima. Lo podía leer en su mirada…  Manos de artista y artesano. Dedos largos  pero fuertes revoloteando en el Roland de casa, tamborileando en la mesa de la cocina mientras silbaba, distraído, una melodía. Las uñas almendradas. Manos de padre, grandes y salvadoras. Yo miraba las mías, una copia exacta a pequeña escala. Juntabamos las palmas. “Son iguales”, le decía. Entrelazábamos los dedos fuertemente.
Sin embargo los años me han devuelto las manos de mi madre, ahora cuando acaricio a mis hijos, les enguajo las lágrimas, les alivio un dolor de barriga,  veo mis manos y advierto un esbozo de las suyas, uñas más descuidadas, las manos más anchas, la piel más áspera y la evidencia de las venas.
 Manos de madre.



8 comentarios:

tari dijo...

que bonito!!

Anónimo dijo...

Me has emocionado recordando el pasado

Saseta Verónica dijo...

Llega este post en un momento en el que me doy cuenta de que me voy haciendo mayor... Bonitas palabras guapa. Un post precioso. :)

Conxi dijo...

Muchas gracias!

Marta Perez dijo...

Vamos a ver si ahora...

Conxi dijo...

a ver si ahora que marta q me has dejado intrigada

Marta Perez dijo...

Comenté a través del G+? Desdse que le cambié la contraseña a mi cuenta, en el móvil no me deja conectar...

Quería decir que es un post emotivo. En casa, a la pequeña se le notan las venas, porque es más blanca que la hermana, y le digo que tiene manos de princesa, porque antes, hace siglos, era el canon de belleza que se seguía.

Besos

Rojo Ababol dijo...

Precioso <3